Para los queretanos la narración más extraordinaria es la leyenda de la fundación de nuestra ciudad; está basada en un hecho trasmitido oralmente de generación en generación, de tal suerte que la imaginación y la fantasía la han enriquecido y, a pesar de la irrealidad, se mantiene como una tradición viva, siempre presente en el pueblo.
«Con estruendo resonaron las cajas y los clarines, el teponaztle y el huéhuetl, la chirimía y el caracol y al ritmo de bailes y alaridos se inició la guerra, los otomíes y purépechas, los conquistadores comandados por Nicolás de San Luís Montañez y Fernando de Tapia (Conín) y los chichimecas bajo el mando de los capitanes don Lobo y don Coyote. En el campo retumbaron las descargas cerradas de los fusiles, a lo alto, y con la polvareda que levantaban los pies de los combatientes, el humo de la pólvora, y las flechas disparadas al viento, y un eclipse de sol que parece haber sobrevenido en ese punto, se oscureció el día, de tal manera que se hicieron visibles las estrellas, y la lucha se prolongó sin que uno ni otro bando se rindiera. Cuando el ejército al servicio de la Corona Española desfallecía ante el ímpetu de los indomables chichimecas, aparecieron en los cielos Señor Santiago montado en brioso corcel blandiendo férrea espada y una gran Cruz luminosa, los naturales al verla, al grito de ‹ÉL ES DIOS›, comenzaron a danzar, se rindieron y aceptaron la sumisión a la Corona de España».
En esa leyenda la realidad está presentada en su totalidad. Lo humano y lo divino se corresponden y no se yuxtaponen, son como una visión totalizadora y unitaria del mundo humano y del mundo divino, con ello el mundo terrenal no se encuentra divorciado o separado del mundo celeste. El hombre y Dios, el bueno y el malo, el cuerpo y el alma mantienen una unidad inseparable, aunque mítica, es decir, fantástica y religiosa